Tú, soledad

 
 
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Esta mañana, mientras meditaba, me vino un pensamiento muy claro: La soledad es un temazo.

Y es que la soledad tiene sus muchas vertientes. Está la soledad como emprendedora (muchas sabéis a qué me refiero); la soledad como madre, de la que tan poco se habla; la soledad “no física”, ésa que se siente en medio del ruido, en medio de la mucha gente, de las muchas cosas, la mucha información, en medio del caos.

Y está también la soledad deseada, aquella que me ayuda a reconectar con mi esencia, mi porqué y mi para qué.

Por ello, pienso que no toda la soledad es mala. Creo que la soledad es una gran incomprendida que cuando no la aceptamos nos hace sufrir.

Esto me recuerda a un hombre con el que fui hablando durante un trayecto en autobús (es una de las cosas buenas del transporte público, que puedes llegar a conectar con desconocidos y llevarte gratas sorpresas). Este hombre tendría unos 60 años, 3 hijos y probablemente estaba separado. La impresión que me quedé de él es que estaba en una búsqueda desesperada por encontrar a alguien con quien compartir sus días.

Pienso en esas personas que se escudan detrás de mil responsabilidades y mil distracciones, más que nada porque les aterra el vacío de sentirse solas, consigo mismas.

Pienso en mí y en mi reducidísimo círculo de amigos pues, aquellos con los que puedo entablar conversaciones profundas y genuinas y con los que tengo contacto frecuente, los puedo contar con los dedos de una mano.

 

Y así podría seguir mi lista de situaciones en las que la soledad hace presencia, todas ellas con sus sutiles diferencias.

Porque parece paradójico que, en la sociedad de la interconectividad, pueda haber tantas personas que se sientan solas o que precisamente busquen sus momentos de soledad para conectar consigo mismas.

 

Y tú, ¿cómo te sientes hoy?

¿Tienes personas en las que puedes apoyarte?

¿Dedicas unos minutos al día para estar a solas, contigo, con tu respiración?

 
 
 

Photo by Ravi Roshan on Unsplash

 
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